HISTORIAS

Esta sección es un pequeño resumen de mis libros Un paseo por la vida y Tierras de Asia. Espero que os guste.

Ardabil, Irán (2014)

Irán es un país que despierta sentimientos contradictorios. Por un lado, una mezcla de rechazo y miedo por el régimen teocrático que subyuga al pueblo desde 1979. Por otro lado, una atracción irresistible provocada por la extraordinaria amabilidad de la gente y las legendarias historias de grandeza y misterio que lo envuelven desde tiempos inmemoriales.

Mucha gente se queda con las ideas de machismo y fanatismo religioso alimentadas por la información sesgada y sensacionalista, y no se esfuerza en profundizar en una cultura y una sociedad fascinantes. Irán es mucho más que los ayatolás y el velo islámico.

Paseando por la ciudad de Ardabil preguntamos a un hombre por la dirección de un restaurante, y nos indicó que estaba un poco lejos para ir caminando. “Esperad un momento”. Detuvo un coche y le dijo al conductor que hiciera el favor de llevarnos. Iba con su mujer y su hijo, y a ninguno pareció sorprenderle la situación. Nos acomodamos en el asiento de atrás, al lado de su hijo, y nos acompañaron hasta la misma puerta del restaurante.

Al anochecer, camino del hotel, pasamos junto a una tetería, donde un grupo de hombres charlaba distendidamente. Pensé en lo fotogénica que era la escena, pero no quise sacar la cámara para no interrumpir su privacidad.

Justo antes de continuar, uno de los hombres nos hizo señas para que entráramos. Paty se quedó fuera, pues dedujimos que era un local solo para hombres y que quizá se sentían violentos si entraba una mujer. Nada más cruzar el umbral y saludar me indicaron que fuera a buscar a mi amiga. Nos invitaron a sentarnos y nos sirvieron una taza de té a cada uno, y después otra más y otra más. Solo uno de ellos hablaba algo de inglés, justo lo suficiente para mantener una conversación limitada. Les interesaba saber de dónde veníamos y si nos gustaba su país. Los demás se afanaban por hacerse comprender en farsi, pero sus esfuerzos fueron totalmente infructuosos. Después de más de media hora de charla pedimos la cuenta, pero no dijeron que éramos sus invitados. Teniendo presente la costumbre iraní del taarof, que se podría resumir como el arte de la cortesía infinita, insistimos varias veces, pero no hubo manera de pagar.

Quilotoa, Ecuador (2002)

—Hola, ¿cómo te llamas?
—Walter.
—Yo Paco. ¿Qué haces?
—Cuido las ovejas —me responde con la voz apagada por los mocos, mirando hacia el suelo.
—¿Vas a la escuela?
—Sí, a veces, por la mañana. Por la tarde voy al campo con los animales.
—¿Te gusta?
—Sí, no sé, está bien.
Poco a poco la conversación se hace más y más fluida. Me presenta a sus amigos, tímidos y callados como él. Al cabo de un rato no paran de jugar y de hacerme preguntas. Coloco la cámara sobre mi mochila, pulso el disparador y en diez segundos la película inmortaliza una imagen que guardo con cariño. Les hacía mucha ilusión tener un retrato junto a un turista extranjero. Es posible que todavía hoy, pasados los años, conserven las copias que les envié.

Deosai, Gilgit-Baltistán, Pakistán (2004)

Este desolado, frío y yermo altiplano es el hogar temporal de los gujjar, nómadas pakistaníes de origen indio. Durante los meses de mayo y junio conducen sus rebaños de ovejas, cabras, búfalos y caballos hacia los prados altos en los territorios del norte. En esta comunidad la mujer desempeña un papel social además de familiar, y no debe protegerse de la mirada ni del contacto de los hombres ajenos a su familia directa. El mejor regalo que me llevé de este pueblo sin tierra fue su extraordinaria hospitalidad. Apenas tienen nada, pero no dudaron en compartir conmigo sus tiendas, su té y su preciado azúcar.

Desde hace siglos los gujjar regresan a los valles en invierno antes de las primeras nevadas. Pero a causa de la actividad militar en esta zona fronteriza, la mayoría de las tribus nómadas han abandonado la trashumancia, lo que poco a poco acabará con su cultura y su estilo de vida.
Los guerrilleros cachemires que patrullan por Deosai amenazan a las comunidades nómadas y les roban cabezas de ganado y leche. Las fuerzas de seguridad del gobierno pakistaní interrogan a la gente a punta de pistola para conocer el paradero de la insurgencia. Si les proporcionan cualquier información corren el riesgo de morir a manos de los guerrilleros. Los gujjar se encuentran entre la espada y la pared, acosados por unos y otros, en medio de una lucha en la que no participan.

Templo de las ratas, Deshnok, Rajastán, India (2000)

A principios del siglo XX, el maharajá (gran rey) Ganga Singh erigió un templo para rendir tributo a Karni Mata (madre milagrosa), deidad de la familia real de Jodhpur y Bikaner.

Según cuenta la leyenda, Karni Mata, una vidente que vivió en el siglo XIV, era la reencarnación de Durga, la diosa del poder, la fuerza y la victoria. Laxman, el hijo de una de sus seguidoras, murió ahogado en un pozo, al que cayó cuando trataba de beber. Karni Mata imploró a Yama, el dios de la muerte, que le devolviera la vida. Yama se negó inicialmente, pero luego permitió que todos los hijos varones de su clan volvieran a nacer reencarnados en ratas. Y por eso, los roedores de este curioso templo son tratados como seres divinos.

Los devotos bendicen que las ratas acaricien sus pies, trepen por su cuerpo y se entretengan en su cabeza, sus manos, su rostro… Los intrincados paneles de mármol, las ventanas y la puerta de plata encierran una estancia sucia y descuidada donde los fieles veneran a su diosa. El olor a rata, intenso y ácido, resulta mareante; una brisa hedionda desborda los sentidos. Caminar descalzo no me seduce especialmente, pero es el precio que hay que pagar para ver en su salsa a los adoradores de este animal sagrado, la kabba.

Mientras paseamos por el templo me fijo en un hombre que le ofrece a su hijo un puñado de tapioca. A su lado hay una bandeja con los restos que han dejado los roedores. Comer ese mejunje infecto es para ellos un símbolo de máximo respeto y veneración. No obstante, la suerte más divina es ver una de las pocas diosas blancas que pululan por las baldosas de mármol, manifestaciones de la mismísima Karni Mata y sus cuatro hijos.

Monasterio Tashilhumpo, Xigaze, Tíbet (2003)

Entre 1959 y 1976, el gobierno chino saqueó y destruyó miles de templos. Muchas de las figuras y estatuas que los adornaban, con siglos de antigüedad, acabaron en la hoguera o en el fondo del río. Luego, cuando los esbirros de Mao descubrieron que esos objetos sagrados tenían valor, los transportaron a Hong Kong para venderlos por cuantiosas sumas de dinero. En julio de 1966, durante la Gran Revolución Cultural, los Guardias rojos saquearon el templo de Jokhang e hicieron añicos todas las esculturas budistas.

Los monjes fueron obligados a casarse y a desprenderse de sus sagradas escrituras; a cambio se les obsequió con el Libro Rojo de Mao, del que se han impreso más de 900 millones de ejemplares, solo superado por la Biblia. Muchos monjes, tras prometer que esa sería su única lectura, tiraron el libro pagano y huyeron hacia la India o el reino de Mustang, dejando atrás para siempre su país. Durante esos años de terror y locura, la oligarquía de Mao instigó el asesinato de más de 100.000 personas.

La imagen de Mao (a la izquierda de la fotografía, bajo un cesto de donativos), nos recuerda que los templos budistas existen sólo por su reclamo turístico. No en vano, desde 1990 la imagen del dalái lama está prohibida en la región autónoma del Tíbet. Cualquiera que la atesore, oculta o a la vista, corre el riesgo de ir a la cárcel.

Ibo, islas Quirimbas, Mozambique (2007)

Cada día al caer el sol, el padre de estas niñas se echa a la mar y no regresa hasta el amanecer. Las mujeres y los niños recogen leña, recolectan caracolas durante la bajamar, venden en el mercado la pesca del día y cocinan. Hace unos años, este arduo trabajo familiar se veía recompensado por un mar con abundantes recursos que procuraba alimento a toda la población costera. Pero en Occidente queremos pescado: mucho, barato y de calidad. Y tenemos dinero para comprar permisos de explotación pesquera a gobiernos de países pobres.

España, Portugal, Francia y Grecia han adquirido derechos de pesca en caladeros de Mozambique. A pesar de las contraprestaciones, los grandes barcos piscifactoría dejan poco a poco sin sustento a muchas familias. Las consecuencias de la perversa política pesquera de los países ricos se relatan con crudeza y sin adornos en el documental La pesadilla de Darwin, de Hubert Sauper. Pocas personas son conscientes de los efectos de una globalización desastrosa. Los peces de África son bienvenidos en Europa; las personas, no.

Hace unos años leí una noticia conmovedora:
Durante la temporada de lluvias, extensas áreas de Mozambique quedaron anegadas por el agua. La ayuda internacional logró evitar la muerte de miles de personas. Un helicóptero rescató a una mujer refugiada en la copa de un árbol. De repente, la mujer, desesperada, se lanzó al agua. Había olvidado su olla en el árbol, su única posesión. Versiones de esta historia se repiten a diario en todo el mundo: un niño para el que sus zapatillas desgastadas y con agujeros son su más preciado tesoro; un chico orgulloso de su pelota de fútbol, fabricada con plásticos y cordel; un hombre que mima como oro en paño su radio sin botones; una anciana que jamás se separa de su manta, raída por años y años de uso.

Don`t copy text!